Y allí estaba yo, a un pasillo y una mesa de él.
Y de repente me miró y lo supe, pero no era una mirada de esas
en plan 'te pillo te follo', sino, más bien una
de esas miradas que andan tan pérdidas que pocas
veces las ves brillar como toca.
Y allí estaba él, a un pasillo y una mesa de mi.
Y de repente nuestras miradas se encontraron y entonces
supe que no había otro, simplemente lo supe.
Desde ese día no pude evitar sonreír cada cinco segundos,
mirar en su dirección deseando que nuestras miradas
se encontrasen porque ay cuando lo hacían,
cuando se encontraban nuestras miradas nos convertíamos
en lo más fuerte del mundo y aún funciona así.
Una mirada, un suspiro, un roce, un silencio pero no
de esos incómodos sino uno de los más bonitos.
Y cada vez que me mira o suspira me revuelve de nuevo
la alegría que había perdido, es como volver a nacer, como
la primera vez que nos miramos, o como la primera vez
que me besó ese 12 de octubre justo después de que
me llamase al irme yo por la puerta y pedirme que me
quedará un poquito más con él.
Y creo que eso fue lo que me pilló,
el simple hecho de que siempre me pida que
me quede un poquito más, que siempre me
haga volver a nacer cada vez que me mira
o también el hecho de saber que para él
no hay otra y que sus te quiero's son de
los más sinceros que hay en el mundo
y lo sé, porque tiene una de esas miradas que
nunca mienten.
No hay comentarios:
Publicar un comentario