miércoles, 7 de agosto de 2013

Desconocidos con la misma rutina.

Al bajar las escaleras se me subía el corazón a la garganta, tenía un nudo enorme, al bajar las 14 escaleras de mi casa noté como en cada escalón mi corazón iba cada vez más rápido parecía que se me iba a salir del pecho. Y de repente ya estaba en el último escalón, como si fuese por arte de magia, ni me acuerdo de como salí de mi casa, ni si cerré bien la puerta. Pero, todo eso me daba igual, porque ahí estaba él, con su camiseta de niño fuerte y su sonrisa media torcida y al llegar, al ponerme delante suya, me miro. Fue una de esas miradas que sabes que por mucho que lo intentes no podrás olvidar, que te acordarás de toda la vida porque fue impactante. Lo peor de todo fue cuando me besó, tenía ese sabor a tabaco que tanto odio que me daba hasta repelus pero ese sabor se empezó a volver agradable y eso me dio otra razón para odiarle aún más. Me acuerdo del recorrido que hicimos de mi casa a la suya, de las risas tontas, de las sonrisas que nos salían, de su versión de como se la pego con la bici, del abrazo que me dio en el sofá viendo cuatro milenio por el miedo que tenía y con la fuerza que lo hizo. También me acuerdo de los pasos que dimos hasta su habitación, hasta de las cuatro esquinas de su cama, y de todos los minutos que nos quedamos simplemente ahí, mirándonos, para vosotros sería una pérdida de tiempo pero no sabéis todo lo que esconde en una mirada, todo lo que deja sin decir lo puedo encontrar perfectamente allí. Y en ese momento me vino a la cabeza 'mierda, volveré a caer otra vez por él y no quiero, dolía demasiado' pero en el momento que me cogió de la mano y entre beso y beso me dijo lo preciosa que era yo ya supe que era inevitable no sentir nada por él. Que había algo en su mirada, en su tacto que me hacía sentir grande, que me hacía saber que aunque miles habían pasado por su cama la única que dejaba marca era yo. Que era inevitable seguir ignorando su mensajes, sus llamadas porque siempre nos volvemos a encontrar, como si fuese por arte de magia. Siempre que estoy rota aparece de la nada y me vuelve a unir, lo odio, odio que tenga ese poder sobre mi. Si cierro los ojos puedo volver a sentir sus manos sobre mi espalda, sus labios sobre mi cuello y vuelvo a oír mi risa en su oreja, sigo notando sus dedos dibujando un corazón sobre mi espalda, sus dedos perdiéndose entre mi pelo. Lo más odioso es que aún recuerdo su respiración sobre la mía y su voz al intentar convencerme de que soy perfecta tal y como soy y que debería dejar de intentar cambiarme. Desde su cama se venían perfectamente todas las estrellas, cuando me quedaba mirándolas venía el con su cara de tonto a darme más besos, a volverme aún más loca. Y luego, llego lo peor, llego la despedida. No quiso soltarme, yo no quise irme, sabía que si me iba no volvería allí y que de pronto otra estaría mirando las estrellas desde su ventana. Y como si fuese ya rutina, volvemos a ser desconocidos con una cosa en común.

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